“Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá”. — Salmo 27:10 (RVR 1960)
Un amor prohibido, sufrido e impedido; así podríamos describir esta historia basada en los registros más profundos de la vida real. Una narrativa que nos traslada al mes de diciembre de 1950, cuando en el seno de una familia muy humilde nace una niña llamada Dorian. Es de ella, de su entereza y de su capacidad de amar, de quien hoy vamos a aprender.
Corría el año 1968. Aquella joven blanca, de ojos claros y cabello rubio, ya contaba con dieciocho primaveras en su haber. Era una edad suficiente para robarse las miradas de los chicos por las calles polvorientas en las que se paseaba. Sin embargo, entre tanta gente, fue una sola mirada la que la dejó completamente enamorada.
Aquel muchacho pertenecía a una buena familia extranjera, adinerada y muy bien acomodada. Venía de un linaje hindú, pero había nacido en las tierras del Cauca, pues sus ancestros llegaron a Puerto Tejada buscando una estabilidad económica que, con el correr de los años y el trabajo en la ferretería, se había hecho una sólida realidad.Cada vez que el apuesto joven la veía pasar, le sonreía con picardía y le decía:
— ¡Adiós, pinchada!
Sonrojada y encantada, Dorian caminaba aposta por esa misma acera con tal de escuchar tan lindas palabras. Ya iban varios días de una coquetería constante. Al terminar las labores en la ferretería, el chico la miraba y repetía su frase cada vez que ella pasaba. Coqueta y entusiasmada, la joven quedaba esperando el día que tanto anhelaba: el momento en que él finalmente se acercara.
“Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá”. — Salmo 27:10 (RVR 1960)
Un amor prohibido, sufrido e impedido; así podríamos describir esta historia basada en los registros más profundos de la vida real. Una narrativa que nos traslada al mes de diciembre de 1950, cuando en el seno de una familia muy humilde nace una niña llamada Dorian. Es de ella, de su entereza y de su capacidad de amar, de quien hoy vamos a aprender.
Corría el año 1968. Aquella joven blanca, de ojos claros y cabello rubio, ya contaba con dieciocho primaveras en su haber. Era una edad suficiente para robarse las miradas de los chicos por las calles polvorientas en las que se paseaba. Sin embargo, entre tanta gente, fue una sola mirada la que la dejó completamente enamorada.
Aquel muchacho pertenecía a una buena familia extranjera, adinerada y muy bien acomodada. Venía de un linaje hindú, pero había nacido en las tierras del Cauca, pues sus ancestros llegaron a Puerto Tejada buscando una estabilidad económica que, con el correr de los años y el trabajo en la ferretería, se había hecho una sólida realidad.Cada vez que el apuesto joven la veía pasar, le sonreía con picardía y le decía:
— ¡Adiós, pinchada!
Sonrojada y encantada, Dorian caminaba aposta por esa misma acera con tal de escuchar tan lindas palabras. Ya iban varios días de una coquetería constante. Al terminar las labores en la ferretería, el chico la miraba y repetía su frase cada vez que ella pasaba. Coqueta y entusiasmada, la joven quedaba esperando el día que tanto anhelaba: el momento en que él finalmente se acercara.
La barrera de las clases y la tormenta inesperada
Y el día que la joven pedía, llegó. Él se acercó y le pidió una cita. Pero lo que nació como una ilusión inocente, chocó de frente contra una realidad implacable: la jovencita no fue bien recibida por la familia de él. Ella era una muchacha humilde que solo había terminado la primaria; él, el heredero de una familia muy adinerada.
El apuesto muchacho de rasgos hindúes esperaba a la chica como de costumbre, sentado en la esquina. Pero el escenario cambió drásticamente: la jovencita ahora estaba en cinta. Ante la noticia, la pregunta era inevitable: ¿Será que la coquetería de la parejita era un simple deseo pasajero o se trataba de un amor verdadero?
Allí se le armó la de Troya a aquel caballero, pero la sorpresa fue mayor al descubrir un secreto guardado: aquel bebé en camino era ya el tercero. Al hacer la lista de sus herederos, aparecieron los nombres de Ronald, Patricia y el que venía en el vientre. (Aquí abrimos un paréntesis para recordar a la tía Patricia, a quien cariñosamente llamamos "Patico". Ella nunca fue denunciada legalmente por su padre porque, según decían, a él solo le gustaban los varones; por esa razón, la tía nunca llevó el apellido familiar).
El abuelo Alfredo, un hombre de posición y orgullo, se negó rotundamente. Confesó con dureza que jamás creería ni permitiría que su hijo se casara con ella. El panorama era desolador: se le sumaba a la desaprobación el hecho de que no había plata; el tipo se quedó resguardado en su casa señorial, mientras ella pasaba sus antojos en la escasez. Para la mentalidad de aquella familia acomodada, esa procedencia simplemente no les cabía en la cabeza: Dorian era, ni más ni menos, la hija de una humilde lavandera.
El abandono y el regalo de la costura
El chico, ingeniándoselas a medias, pagó una pieza para acomodarla. Pero a los tres meses la situación económica se apretó. Su familia le armó un viaje al extranjero y el joven, cediendo a la presión, aceptó. Antes de partir, le prometió a su amada que se marchaba, pero juró que regresaría.
Pasaron varios meses y la renta de la pieza no se pagaba. Afortunadamente, el dueño del lugar era un tío del joven a quien no le afectaba que la muchacha embarazada se hospedara allí. Gracias a la misericordia de Dios, a Dorian no le faltó alimento, techo ni sustento, porque del paradero del muchacho no se volvió a saber absolutamente nada.
Un día, las puertas de aquella pieza se abrieron para recibir a una señora de cabellos blancos. Era la abuela paterna de la criatura en camino, la madre del joven ausente, a quien llamaremos "el hijo de la costurera". Llegó con una propuesta bajo el brazo, una oportunidad que ella misma patrocinaría, pues estudiar modistería había sido el sueño frustrado de su propia juventud.
La joven Dorian inició las clases, pero la necesidad la obligó a no terminar el ciclo. Con solo dos meses de formación, se creyó modista, se armó de valor y se lanzó al ruedo. El resto del oficio lo aprendió sola, de forma empírica, sobre el lienzo de la experiencia. Y hasta el día de hoy, con el sudor de su frente y el mover de sus agujas, esa hermosa mujer resuelve "la papita" y el sustento diario.
El regreso cuarenta años después
Pasaron cuarenta años desde aquella supuesta promesa de amor. Un día, cuarenta años después, el pasado tocó a la puerta. "Apareció en mi puerta", me cuenta hoy la abuela Dorian.
Se abrazaron tanto que casi su hijo lo dejó sin aire. Dorian, con la frente en alto, le hizo la lista detallada de la hermosa familia que se formó a pesar de su ausencia: una descendencia de nueve nietos, de los cuales cinco son niñas. El hombre llegó creyéndose un "chamo" el muy condenado; salió muy avispado, ¡pero llegó casado!
"Qué pinta de hombre y con tanta plata", recordó la abuela con una sonrisa nostálgica, evocando los tiempos en que era apenas una muchacha desprotegida. Al final, los destinos se bifurcaron: ella se quedó construyendo su imperio en su casa, y él se marchó a rehacer su vida en Venezuela. Y así es como terminamos de narrar la historia del hijo de la costurera.
🌳 El fruto de la resiliencia: Los nietos de Dorian
El hijo de la costurera engendró cinco hijos que hoy son el testimonio vivo de que la gracia de Dios sobrepasa el abandono de los hombres. En esa descendencia no hay escasez de propósito ni de educación; al contrario, hay un ramillete de profesionales ejemplares:
Una hermosa enfermera, dedicada al cuidado de la salud.
Una brillante Estudiante de derecho, defensora de la justicia.
La más jovencita, convertida en azafata.
El único varón, el príncipe de la casa, quien el día de hoy trabaja con orgullo en las alturas para la aerolínea AVIANCA.
Y la hija que falta... aquella que trabaja con amor en las labores de su casa como madre y esposa, pero que también es una empresaria de fe; una mujer que en sus ratos libres enseña, aprende y escribe para transformar vidas.
💬 Una reflexión para el corazón
La historia de la abuela Dorian nos demuestra que no importa si los hombres te rechazan por tu procedencia, ni si te toca aprender un oficio de forma empírica para sobrevivir. Cuando te dispones a caminar con rectitud, el Dios que ve en lo secreto multiplica tus cinco panes y tus dos peces (o tus dos meses de costura) y te convierte en la matriz de una generación profesional, bendecida y victoriosa. Las malas decisiones de los hombres no pueden anular el diseño de excelencia que Dios tiene para tus hijos y tus nietos.
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En la Fundación FACOPEC creemos firmemente en el poder de las historias de vida como herramientas de sanidad y superación. Apoyamos a madres cabeza de hogar y a familias en vulnerabilidad para que descubran sus talentos empíricos y los conviertan en empresas sostenibles. Conoce más de nuestra labor social en: 👉
Angie Reza.
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