Un enemigo, por lo general, es alguien con quien nos enojamos, a quien le retiramos la palabra, evitamos a toda costa y, en los momentos más oscuros del corazón, hasta le deseamos lo peor. Seamos honestos: todas las personas, de una u otra forma, hemos sido lastimadas por aquellos a quienes estimamos, respetamos y amamos.
Sin embargo, hoy quiero invitarte a analizar un versículo clave que se encuentra en el evangelio de Juan:
“De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores que estas hará, porque yo voy al Padre”. — Juan 14:12 (RV 1960)
Ante esta promesa de nuestro Señor Jesucristo, yo te pregunto: ¿Acaso esto solo aplica para los milagros físicos y los prodigios sobrenaturales? ¿O será que el perdonar a nuestros enemigos forma parte de ese paquete de "cosas mayores"?
Hay una alarmante contradicción en nuestra naturaleza humana: cuando somos los ofendidos, sabemos exactamente el castigo severo que se merece el otro; ¡pero cuando somos nosotros los juzgados, rogamos y suplicamos por misericordia!
La parábola de Natán: El espejo del rey David
Existe una historia en 2 Samuel 12:1-9 que ilustra esto a la perfección. En el capítulo anterior, el rey David cometió un grave pecado: tomó a Betsabé, la esposa de uno de sus soldados más fieles, y luego intentó ocultar su falta enviando a aquel hombre a la muerte en el frente de batalla. David creyó que su pecado quedaría sepultado en el olvido.
Pero nuestro Dios es Omnisciente (Él todo lo sabe). En su infinita sabiduría, envió al profeta Natán a la corte para ayudar al rey a resolver una supuesta injusticia en el reino. Natán le relató la historia de un hombre rico que, teniendo muchísimas ovejas, prefirió robarle la única y amada corderita a un hombre pobre para alimentar a un visitante.
Al escuchar esto, el rey David se encendió en ira y dictó sentencia de inmediato: “¡El hombre que hizo tal cosa es digno de muerte!”.
Lo que David jamás imaginó era que el profeta estaba usando una parábola para reflejar su propio pecado. Cuando Natán lo miró a los ojos y le dijo: “¡Tú eres ese hombre!”, la realidad golpeó el corazón del rey. Al recibir su sentencia divina, David entró de inmediato en un profundo lamento, ayuno y cilicio, suplicando la misericordia del Altísimo.
¿Te das cuenta? Somos expertos dictando el castigo del prójimo, pero cuando nos toca estar en el banquillo de los acusados, clamamos por gracia. Por eso, te vuelvo a preguntar: ¿Qué necesitas exactamente que haga tu enemigo para que decidas perdonarlo?
El estándar de la cruz
Jesús elevó el estándar del amor y del perdón a un nivel que desafía la lógica humana en Mateo 5:38-48. Él nos confronta directamente: ¿Qué mérito tiene amar solo a los que nos aman? Eso lo hace cualquiera. Nuestra misión en la tierra es hacer "cosas mayores", y eso significa reflejar el carácter de Cristo en los escenarios más difíciles.
Cuando nuestro Salvador estaba siendo crucificado, clavado en el madero tras haber sido humillado, escupido, azotado e insultado, Sus palabras no fueron de maldición, sino de un perdón inimaginable:
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. — Lucas 23:34
Nosotros estamos llamados a reflejar a Cristo con nuestra manera de vivir, pensar y actuar, porque como dice 2 Corintios 3:2-3, somos cartas leídas delante de todos los hombres. El apóstol Juan también nos confronta con una verdad tajante:
“Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” — 1 Juan 4:20
Nadie da de lo que no tiene
Mi invitación a través de esta reflexión es que, en la medida de lo posible, procures estar en paz con todas las personas. Sí, es cierto: ¡la ofensa duele profundamente! Pero nuestro papel en la tierra es marcar la diferencia. Nadie puede dar de lo que no tiene dentro. Si tú y yo tenemos a Cristo habitando en nosotros, entonces lo único que podemos dar es Su amor. Si el mundo te devuelve tristezas, ¡tú devuélvele alegrías!
Para mis lectoras que ya son madres y que quizás piensen en lo difícil que es perdonar una traición, ustedes mismas nos enseñan cada día que sí se puede. ¿Por qué siguen amando entrañablemente a sus hijos aun después de que ellos les han sacado tantas lágrimas con sus desobediencias? Los perdonan porque el amor hacia esa vida que salió de sus entrañas es mucho más grande que cualquier ofensa; sencillamente deciden olvidar y continuar.
Si anhelamos que nuestro Padre Celestial perdone nuestras faltas diarias, es un requisito indispensable sanar el corazón y perdonar a quienes nos hirieron:
“Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofe
nsas”. — Mateo 6:14-15
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Angie Reza.
Diseño visual e ilustraciones: Creado en Canva Pro.
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