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Reflexión #3 Del Rezo Mecánico a la Espada del Espíritu: El Testimonio del Toldillo

“El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende. Gustad, y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en él”. — Salmos 34:7-8 (RV 1960)

Angustiada, asustada y desesperada. Así me encontraba en la habitación de mi casa desde hacía ya varias noches, sin poder conciliar el sueño. El cuarto se sentía helado, mi piel estaba erizada y mis músculos temblaban. Esa era la cruda prueba de que yo era una cristiana más... "de cartón".

¿Qué significa ser una cristiana "de cartón"? Significa confesar a Dios de dientes para afuera y guardar las apariencias delante de los mortales, pero carecer de una verdadera vida de comunión íntima con el Padre, que es lo que verdaderamente importa. El Señor confronta esto en Isaías 29:13 cuando dice: “Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí”.

Yo estaba simplemente "calentando la silla" en la congregación, sin poner mis dones al servicio del Reino. Era como la higuera estéril de la parábola en Lucas 13:6-9: ocupaba un lugar, pero no daba frutos. Sin embargo, por la infinita misericordia de nuestro Padre Celestial, hoy estoy aquí escribiendo para Él.

Cuando el rezo no tiene poder

En aquella semana del año 2019, mi esposo se encontraba trabajando en el horario de la noche. Yo estaba completamente sola y sentía que no tenía en quién refugiarme; me sentía como un niño asustado buscando esconderse bajo las faldas de su madre. Esas noches fueron una gran prueba de fuego, porque me tocó enfrentar al mal frente a frente.

Desde la calle provenía un sonido muy aterrador que me mantenía en vela. En medio del pánico, yo repetía el Padre Nuestro una y otra vez, como una lora. ¡Y no pasaba absolutamente nada! El cuarto seguía frío, mi piel erizada y yo temblando hasta la punta de los pies.

Aclaro algo muy importante: el problema no es el modelo de oración que el Señor nos dejó. El problema es que repetir el Padre Nuestro —o cualquier versículo— no tiene ningún efecto espiritual si caemos en las vanas repeticiones, si no entendemos lo que pronunciamos, si no lo sentimos en el corazón y si no creemos en el poder del nombre de Jesús. En ese momento, yo estaba rezando por miedo, no orando con fe. Usaba la Biblia como un amuleto o un escudo de la suerte.

Al ver que no había resultados, probé recitando el Salmo 23 y el Salmo 91, versículos que nos aprendemos desde niños. Pero la situación seguía igual, o peor. Ninguna palabra tiene efecto en el mundo espiritual si solo es recitada mecánicamente.

La palabra que encendió la chispa

Días atrás, en una visita de los hermanos de la iglesia, escuché una frase de la boca de mi hermana Khrystyn: “El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende”. En ese instante, pude sentir el poder de ese versículo, el cual quedó sellado en mi corazón. Si lees el Salmo 34, notarás a un David profundamente convencido y confiado en que el Señor lo libraría de las manos de todos sus enemigos.

Llegó de nuevo la noche, la hora de la verdad. Me vi otra vez sola en mi habitación, pero esta vez algo había cambiado: estaba empezando a creer lo que salía de mi boca.

Efectivamente, el sonido aterrador volvió a escucharse desde la calle. Pero esta vez, como una verdadera guerrera, desenvainé la espada del Espíritu que se nos ha dado. No tengo palabras humanas para explicar con precisión lo que sucedió, pero de repente, la atmósfera cambió.



La revelación del zancudo y el toldillo

Minutos después, me encontraba completamente tranquila, mirando hacia el techo de la habitación, segura dentro de mi toldillo (mosquitero). En medio de esa paz, un zancudo comenzó a zumbar muy cerca, y el Señor usó ese instante para darme una revelación preciosa que jamás olvidaré:

“Hija mía, mientras estés debajo de mis alas, estarás segura. Tú nunca podrás impedir que el zancudo zumbe a tu alrededor, pero sí tienes la elección de protegerte dentro del toldillo para que no te pique.

Con respecto al sonido que viene de la calle, tú tampoco podrás impedir que el mal haga ruido en este mundo; pero sí puedes elegir que mi ángel acampe a tu alrededor. Y Él acampa y defiende a los que temen y creen en mi nombre. La única manera de que el zancudo entre y te pique es que tu toldillo tenga un agujero. Te toca revisar qué rotos tienes por remendar en tu vida; pero mientras permanezcas en Mí, estás completamente segura”.

¡Aleluya y gloria a Dios! No sé si tú te encuentras hoy como yo, con una paz y un gozo desbordante en el corazón al recordar que tenemos un Papá. No estamos solos. Él nos guarda, nos cuida en todo momento y va como un poderoso gigante delante de nosotros, derribando y destruyendo todo argumento de Satanás que se levante para robarnos la paz de Cristo.

El caminar con Él no es fácil, pero confiando en Su poderoso nombre lo lograremos. Las pruebas y las dificultades siempre van a tocar nuestra puerta; nuestra tarea es alabarle en medio de cualquier circunstancia y creer firmemente en el Cristo que vino, murió y resucitó por nosotros. ¡A remendar los agujeros del toldillo y a descansar en Su protección!

🧩 ¡Repasemos juntos esta gran victoria! Haz clic en el siguiente enlace para realizar nuestra actividad de hoy:

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Déjanos tu comentario abajo: ¿Sientes que has estado orando con fe o solo haciendo repeticiones mecánicas? ¿Qué agujero en tu "toldillo espiritual" necesitas remendar hoy con la ayuda de Dios? ¡Queremos leerte y orar por ti! 👇📖

Si este testimonio real del año 2019 ha bendecido tu vida y deseas apoyarnos para seguir compartiendo las maravillas de Dios y extendiendo la ayuda social, te invitamos a realizar tu donación a la Fundación FACOPEC aquí: www.facopec.org. ¡Una misión con sentido social!

Bajo la sombra de Sus alas, se despide tu amiga y hermana,

Angie Reza.

Diseño visual e ilustraciones: Creado en Canva Pro.

© 2024 Angie Reza. Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial de este material por cualquier método electrónico o impreso sin la autorización expresa de la autora. “Al que honra, honra.” — Romanos 13:7.