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Reflexión #11: Un Alto en el Camino

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. (...) Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”. — Mateo 11:28, 30 (RV 1960)

La ilusión de la vitrina y la presión del sistema

La sociedad actual nos ha vendido un libreto muy estricto: nos exige que para ser catalogados como "exitosos" debemos tener la mejor casa, el súper auto del año, vestir con marcas finas, tener las cuentas bancarias llenas de dinero, estar a la última moda y vivir de viaje en viaje... ¡así tengamos que sacarlo todo fiado!

El consumismo desmedido es el responsable directo de la mayoría de los problemas financieros y emocionales en los que incurrimos cuando cedemos ante la presión del mundo. Nos invade una necesidad desesperada por encajar en los círculos de los demás, caemos en compras compulsivas y terminamos atrapados en las redes sociales, publicando fotos donde "solo mostramos lo bonito", fabricando una pantalla para que el resto diga que somos felices y prósperos.

Buscar la aceptación humana es la cárcel en la que muchas personas viven atrapadas hoy en día; se deprimen con una facilidad alarmante porque se han vuelto hipersensibles a la opinión ajena. El simple hecho de subir una fotografía y no lograr el número esperado de likes se convierte en el detonante para un día entero de melancolía, frustración, llanto y dolor profundo.

Querer aparentar nos empuja a vivir una vida a la cual no pertenecemos, endeudándonos sin mesura solo por sostener una fachada. El ritmo de este sistema nos empuja a hacer hasta lo imposible por exhibir una felicidad que no es verdadera y una riqueza que no poseemos. Déjame hacerte una pregunta cruda: ¿Tienes los recursos para sobrevivir siquiera seis meses si hoy mismo te despiden de tu trabajo? Si tu respuesta es un sí, tienes una buena economía; si la respuesta es no, estás viviendo al límite del abismo.

Somos cristianos, conocemos la Palabra, ¡pero cuántas veces somos vulnerables a esto! En esta oportunidad, una canción muy especial se convirtió en el instrumento que el Señor usó en mi espíritu para desenvainar y escribir esta reflexión.

El año 2020 y la visión perfecta

Cuando asistes al oftalmólogo y en tu reporte médico escribe que tienes una visión 20/20, significa que posees una vista excelente, nítida y perfectamente clara.

A nivel global, el año 2020 quedó marcado en la historia por la llegada de la pandemia del COVID-19. Muchos vieron partir a sus seres queridos, millones se quedaron sin empleo y otros tantos tuvieron que emprender desde cero. Sin embargo, para nosotros como familia, el 2020 fue el año en que Dios nos permitió abrir los ojos para mirar con claridad espiritual y despojarnos, de una vez por todas, del yugo de la mentira, la apariencia y las deudas.

“Sentí más felicidad cuando lo vendí, que el día en que me lo entregaron”.

Esas fueron las insólitas pero sinceras palabras que me dijo mi esposo en medio de ese año. Se refería al automóvil de la familia.

Tiempo atrás, nosotros habíamos caído redonditos en la gran mentira de este siglo, una mentira promovida por la filosofía de “Fácilismo.com”: “Si lo quieres, lo tienes. ¡Te lo mereces!”. Pero déjame recordarte una gran verdad: cuando tomas la decisión de adquirir bienes materiales fiados (a crédito) porque realmente no están a tu alcance presupuestario —pero te convences a ti mismo de que los necesitas porque te los mereces—, las consecuencias se pagan caras. El precio es súper alto porque no se paga solo con dinero: se paga con tu paz y tu tranquilidad. Empiezas a vivir la horrible pesadilla de trabajar única y exclusivamente para pagar cuotas, al punto de no quedarte dinero libre ni para invitar a tu familia a comerse un helado.

La bola de nieve y el "qué dirán"

Devolvámonos un poco en la historia. Semanas después de que nos entregaron el carro, la emoción de la novedad comenzó a disiparse y la situación económica se empezó a apretar. Llegó el punto en que tocaba llevar el vehículo a la estación de servicio para tanquearlo de gasolina, y lo único que cargábamos en el bolsillo eran COP $5.000 pesos... ¡y ahí no había derecho a pedir rebaja!

El desespero, el mal genio, el insomnio y la frustración se hacían presentes cada vez que se acercaba el día de pagar la cuota. Para colmo de males, los imprevistos nunca avisan: se juntaba el mes de la cuota con el mes de tu cumpleaños, el vencimiento del seguro obligatorio (SOAT), la tecnomecánica, el arriendo de la casa, la comida, los servicios públicos y los gastos de los niños. Todo esto se convirtió en una bola de nieve gigante que amenazaba con aplastarnos.

En momentos así, te mandas las manos a la cabeza, cierras los ojos, respiras profundo y te das cuenta de que la "fiebre" de tener el auto ya pasó; ahora estás parado sobre la cruda realidad. Te encuentras entre la espada y la pared porque, cuando piensas en la solución, te invade el orgullo del mundo: “¿Qué va a decir la gente si vendo el carro? ¿Qué van a pensar de nosotros?”. Si no sabes manejar esa presión con sabiduría divina, la depresión te alcanzará seguro. Un alto en el camino tendrás que hacer si no quieres enloquecer.

El yugo que sí es ligero

Transcurrían los días del año 2020 y, en una mañana del mes de abril, mi amado esposo se sentó conmigo y me preguntó mirándome a los ojos: “¿Angie, vendemos el carro?”. Me quedé observándolo fijamente y le respondí con total honestidad: —“Si es por mí, ¡no lo vendemos! Pero como no soy yo la que tiene que romperse la cabeza pagando esa cuota mensual... mejor pregúntele a Dios qué es lo que debe hacer. Su Palabra nos promete que Su yugo es fácil y ligera Su carga”.

Una de las razones por las cuales accedimos a comprar ese automóvil, según nuestras propias excusas, era por "bienestar familiar". Pero hoy, con el corazón en la mano, te confesamos que no era el tiempo de Dios. Todo lo que no proviene del diseño del Padre te va a cargar, te va a afligir y te va a robar la paz de Cristo.

Las deudas son la esclavitud de este tiempo.

Antes de volver a firmar un crédito o decirle "sí" a una deuda, detente y analiza:

  1. Los Pros y los Contras: No te dejes llevar por la emoción del momento.

  2. Las Consecuencias: Mide el impacto que tendrá en tu presupuesto mensual a largo plazo.

  3. Los Imprevistos: No dejes que las emergencias te cojan por sorpresa. Tener un carro no es solo pagar la cuota; requiere separar anualmente el dinero de los impuestos, seguros, mantenimientos mecánicos, gasolina y emergencias cotidianas como pincharse una llanta en medio de la carretera.

Conclusiones de una vida libre

A través de esta lección de vida, aprendimos una disciplina que, lo confieso públicamente, todavía me cuesta aplicar en algunas áreas: hay que aprender a ahorrar hoy para poder disfrutar mañana.

Como fruto de esta lección, pasamos de transportarnos en un automóvil a andar felices en bicicleta. Y ¿saben qué? Teníamos total libertad y recursos para pasear, compartir y disfrutar de momentos hermosos en familia, momentos de calidad que nunca llegaron mientras tuvimos el carro estacionado en la puerta, porque la preocupación de las deudas nos consumía la alegría. ¡Eso es verdadera felicidad!

Para cerrar esta enseñanza, quiero regalarte una frase de mi pastora Yesenia Then que se quedó grabada a fuego en mi mente:

“Acostúmbrate a no depender tanto de los aplausos de la gente; depende únicamente de Dios”.

No te avergüences jamás por lo que no tienes materialmente en este momento. Tu valor real en el Reino no está determinado por tus posesiones; tú vales oro por quién eres en las manos del Creador. ¡Haz un alto en tu camino y entrega tus cargas al Maestro!

🧩 ¡Hagamos un alto divertido para repasar! Haz clic en el siguiente enlace y participa en nuestra dinámica interactiva de hoy:

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Caminando ligeros de equipaje y bajo Su perfecta paz, se despide,

Angie Reza.

Diseño visual, tipografía y recursos didácticos: Diseñado en Canva Pro.

© 2024Angie Reza. Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial de este material por cualquier método electrónico o impreso sin la autorización expresa de la autora. “Al que honra, honra.” — Romanos 13:7.

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