“¿Porque qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” — Mateo 16:26 (RV 1960)
Te invito a memorizar este versículo antes de comenzar. El día de hoy quiero compartir contigo una verdad eterna. Te aseguro que si pones en práctica lo que vas a aprender en estas líneas, marcarás un antes y un después en tu vida. ¡Iniciemos!
Todos, absolutamente todos, al terminar nuestros estudios universitarios, tecnológicos o técnicos, salimos al mundo con una expectativa altísima: “¡Ojalá empiece a trabajar mañana mismo!”. Queremos comernos el mundo, viajar, comprar ropa, adquirir una casa o un auto; en fin, suplir de inmediato todas aquellas cosas materiales que nos hicieron falta en el hogar donde crecimos.
Pero, ¿Qué pasa cuando los planes no salen como esperábamos?
El joven de la carreta y el silencio de Dios
Quiero presentarte el instrumento que el Señor usó para inspirar esta reflexión. Este es el testimonio real de un joven que llevaba seis meses de haberse graduado, ¡y nada que lograba emplearse! La desesperación, la ansiedad, la angustia y la frustración empezaban a visitarlo todos los días.
Un día cualquiera, se encontraba acostado sobre una carreta de madera, mirando hacia el cielo. Con el corazón cargado de amargura, empezó a renegar y a reclamarle a Dios:
“¿Por qué a las personas que hacen iniquidad y maldad las cosas se les dan tan fáciles? Tienen buenos empleos, viven bien... y yo, que no le hago daño a nadie, mira cómo me tienes”.
Tal vez te sientas identificado con su reclamo. El mismo salmista Asaf se sintió así en el Salmo 73:2-5, al ver la aparente prosperidad de los impíos mientras sus propios pies casi resbalaban.
Después de que este joven desahogó sus sentimientos con Dios, se produjo un silencio total. Como hemos aprendido en las Sagradas Escrituras, muchas veces es en esos tiempos de absoluto silencio donde podemos escuchar con mayor claridad la voz del Señor.
Una lección frente al sepulcro
En ese mismo instante, el joven que tanto reclamaba por un estatus laboral tuvo que presenciar una escena impactante: entraban al cementerio con un féretro. El difunto era un súper oficial del Estado, un hombre ampliamente nombrado, con casas, fincas, autos y el pecho lleno de medallas y condecoraciones. Lo tenía "todo", pero ya no tenía vida.
En ese momento de quiebre, el Señor confrontó el corazón del joven con una pregunta directa:
“¿Acaso no es más importante la vida, hijo mío? Mientras tengas vida, tienes esperanza... Todo tiene su tiempo”. — (Eclesiastés 3:1)
Como un "perro regañado" —conmovido y avergonzado por su actitud—, el joven elevó sus manos al cielo, clamando el perdón de Dios.
La trampa de la codicia y el afán
No sé cuántos de ustedes se puedan identificar hoy con este joven, anhelando posiciones, lujos y las aparentes bendiciones de otras personas. La Biblia nos enseña con firmeza en los mandamientos que codiciar el proceso o los bienes ajenos quebranta el diseño de Dios:
“No codiciarás la casa de tu prójimo, ni desearás la casa de tu prójimo, ni su tierra, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo”. — Deuteronomio 5:21
En el afán actual por "facturar", acumular y tener nuestro propio dinero, se nos olvida con facilidad lo primero y más importante: buscar a Aquel que es la fuente de todo. La Palabra nos recuerda en Efesios 3:20 que Dios es poderoso para hacer todas las cosas muchísimo más abundantes de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros.
El dinero es importante para subsistir, por supuesto. ¿Pero es acaso más valioso que el soplo de vida que Dios nos da cada mañana? ¡Claro que no! En el Salmo 104:29 se nos recuerda que si Él les quita el hálito, las criaturas mueren y vuelven al polvo.
¡Ya eres millonario!
Aprendamos a vivir valorando lo que ya se nos ha entregado. ¡Mírate bien, ya eres millonario! Tus ojos, tus manos, tus pies, tu salud... si me pusiera a nombrar cada célula de tu cuerpo diseñada perfectamente por el Creador, ¡no terminaríamos hoy!
Te invito a descansar y a esperar el tiempo de Dios, porque Su cronograma es perfecto.
Nota de la autora: Sé que te gustaría conocer al "chico de la carreta" de esta historia... Déjame contarte un pequeño secreto: ¡Ese joven creció, Dios lo bendijo y terminó robándose mi corazón! Es mi esposo. Dios es fiel.
¡Repasemos lo aprendido! Haz clic en el siguiente enlace para realizar nuestra actividad interactiva en línea:
Déjanos tus comentarios abajo: ¿Has sentido alguna vez la frustración de esperar el tiempo de Dios? ¡Queremos leerte y orar por ti! 👇📖
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En el amor de Cristo,
Angie Reza.
Diseño visual e ilustraciones: Creado en Canva Pro.
© 2024 Angie Reza. Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial de este material por cualquier método electrónico o impreso sin la autorización expresa de la autora. “Al que honra, honra.” — Romanos 13:7.


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